Libro de la semana. Dante Gebel : Las arenas del alma

March 29, 2011

 

 

Las Arenas del Alma

“Yo sé que estás en crisis, me lo dicen tus ojos”. Con estas sencillas palabras pertenecientes a una vieja melodía, el autor nos lleva a recorrer el desierto de las pruebas a través del capítulo 22 del libro de Génesis. La odisea del patriarca de la fe, reflejada de una manera emocionante, y por momentos, hasta humorística, hacen de este libro, una obra atrapante para el lector de cualquier edad.


Por Dante Gebel

Este libro está dedicado a todos aquellos que han viajado por el desierto a un nivel personal, ministerial o espiritual y se ha preguntado en muchas ocaciones cómo fué que llegaron a encontrarse caminando en el polvo y arena desolada del desierto.

Las Arenas del Alma, paradójicamente te lleva a establecer una sonrisa en tu cara y ayudará a que te consideres amigo de Dios, sin importar la crisis que te encuentres en tu caminar diario.

La odisea del patriarca de la fe, reflejada de una manera emocionante, y por momentos, hasta humorística, hacen de este libro, una obra atrapante para el lector de cualquier edad.

Las Arenas del Alma

El viento sopla sin piedad sobre la cima del monte. El rostro arrugado del hombre parece más demacrado de lo normal, está cansado, extenuado.

Sin embargo, su problema no se debe a la falta de sueño, lo último que quisiera hacer ahora es dormir. Tiene el cansancio que producen la crisis, que golpea su alma con más impetuosidad que este viento irrespetuoso que se cuela entre sus cabellos color nieve.

Su figura se recorta encorvada sobre el horizonte, apenas apoyada, casi suspendida sobre su bastón arqueado. Lleva una eternidad en silencio, contemplando la nada. Bueno, tal vez lleve allí solo unos quince minutos, pero para él, significan una dolorosa eternidad.

El hombre está inmerso en una de esas crisis infinitas que carecen de sentido. Conoce ese desierto como la palma de su mano; pero nunca como esta mañana le ha parecido tan amargo, tan inerte. Tan mortalmente desolador.

A lo lejos, un águila reposa con recelo, haciendo movimientos nerviosos con su cabeza. Es casi un detalle inmerso en el faraónico desierto. El hombre apenas pestañea, siente envidia del ave. Sueña, como lo haría muchos años después un conocido rey, y coquetea con la idea de tener alas y escapar lejos, donde no haya crisis, o por lo menos, donde no importen tanto.

Pero aun así, el anciano de ojos fatigados no siente que la peor de las soledades provenga del desierto. Al fin y al cabo la arena, que se empecina en colarse en su alma, en esta última semana ha llegado a formar parte de él mismo. Al principio es molesta, pero luego, tórrida, logra amalgamarse en sus pulmones. El patriarca ya no respira en paz. Un profundo dolor lo invade por completo, y él lo toma como parte de las reglas de este juego del que hubiese querido no formar parte.

Al páramo desolador no es a lo que teme. Al fin de cuentas, él es un hombre de desiertos.

El hombre teme por el cielo
Como un inmenso telón gris, el infinito se desnuda ante él como una gran cortina de bronce, inexpugnable, impersonal.

Aprieta su viejo bastón con sus flacos dedos, mientras observa como un cielo grisáceo coloca un marco de soledad que hiere las profundidades de su alma.

—El cielo no debería estar así— masculla.

Pero el cielo no lo oye. Y en complicidad con el viento solano, castiga el rostro del viejo hombre, crispando sus pocos cabellos y lo que aún le queda de su corazón.

¿Cuánto tiempo más llevará parado allí? Eso es lo que menos importa, por lo menos por ahora. Sabe que su reloj acaba de detenerse. Que de seguir girando el mundo, de seguro lo hará sin él. Es que en las crisis no se hace uso del módulo del tiempo.

Estimados fotógrafos, sean respetuosos y guarden sus cámaras; este no es un buen momento para tomar una postal. Si el patriarca logra salir de esta situación, seguramente querrá borrar estos minutos de su álbum personal.

Un hombre no recuerda con placer esta estación de la vida, aunque hayan pasado muchos años y solo se trate de una foto amarillenta o color sepia.

¿Sacarías una fotografía del ataúd de tu hijo? Por supuesto que no. Seguramente, si el destino te golpea inmerecidamente y el infortunio llega a los tuyos de esta forma, querrás recordar a ese ser amado con vida. Por esa misma razón, insisto, no saques fotografías de este sitio.

Permite que elabore su duelo en paz en la cima del monte. Tal vez no logre hacerlo del todo bien, pero por lo menos, un hombre siempre debe intentarlo.

No quiero arriesgar una teoría, y mucho menos pretendo hacer un juicio de valores cuando no estoy en sus zapatos. Pero si no conociera la talla de este hombre, definitivamente, pensaría que esta es una carga que no puede llevar. Es, digamos, demasiado pesada para un solo mortal.

En pocos minutos, este anciano estará obligado a cometer un asesinato. No me mires así, no hay una manera más religiosa de decirlo para lograr que suene más espiritual. Si quieres, podemos disfrazarlo de reverencia y decir que solo hará un sacrificio. Seguramente nos hará sentir mejor y le dará cierto marco épico a la historia.

Menos el cielo
Pero se nos escapa el detalle de que este hombre no es simplemente un sacerdote. Es mucho más que un adorador a punto de presentar un holocausto. Es un padre.

Arquea las cejas y frunce el ceño. Tan sabio y tan viejo. Con tantos planes y tan cansado. Tantas cosas por hacer y esta crisis que llega para arruinarlo todo, que se ha empecinado en corroer el presente e hipotecar el futuro. ¿Querías oír una historia que sonara injusta? Aquí tienes una. Este hombre merecía envejecer en paz, vivir sus mejores años altos sin sobresaltos.

Pero su historia no comenzó en este monte. Esto es apenas un posible y trágico final. Quizás pueda existir una coartada, una salida alternativa para este callejón de frustración y soledad. Estoy seguro de ello. El epílogo del patriarca no puede esculpirse en la roca del solitario monte Moriah. Se supone que para cada crisis, haya una solución. Pero eso no es lo que más inquieta al anciano.

El viento se está tornando cada vez más poco piadoso, y se filtra entre las rocas y sus pensamientos. El único testigo silencioso es el águila, que observa sigilosamente desde una peña, con movimientos nerviosos y casi imperceptibles. Lo único inalterable es el horizonte.

—El cielo no debería estar así— insiste entre dientes.

Tiene razón, en cualquier crisis de la vida, todo puede cambiar y llenarse de inestabilidad. Menos el cielo. El cielo no debería ser de bronce.

No hay razones para que permanezca impolutamente gris.

De igual modo, Abraham sabe que el epílogo de su crisis tiene hora, fecha y lugar. Lo cual no es poco
.

 

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